Fernando Pérez Vásquez
Analista
La posesión presidencial es el día en el que el estado se mira al espejo. Como ahora: el berenjenal de 4 años perdidos. Dicen que por la forma se conocen las verdades, y así es. Ahora, la gente quiere sentir que empezó algo nuevo, y ese ajuste que viene, cuesta; cuesta decisiones que se empiezan a tomar para recuperar la majestad de una nación, cuesta urgencias que denuncian el saqueo y la necesaria intervención de una auditoría contable y administrativa al más alto nivel de prestigio, a todo, cuesta tiempo y cuesta foco. No es solamente el acto en sí; en Colombia es 4 veces más complicada que en cualquier otro país, se juntan protocolos de estado, la seguridad nacional y las expectativas ciudadanas.
Blindar a Cali, mover presidentes, cuadrar actos en sitios diferentes; y que no se caiga la transmisión. Cualquier error logístico se volvería crisis, aquí no hay margen, si se atrasa un carro se atrasa el país.
Coordinar rutas aéreas, hoteles, comitivas, atender 2.000 invitados, y cada presidente viene con sus comitivas, su propio esquema de seguridad; todos operando en el mismo perímetro sin pisarse. Claro, la simbología importa tanto como el acta.
Se busca evitar sorpresitas preparadas previamente que hagan ver a Colombia como el circo en el que ha quedado convertida; pero, a partir de ahora, ya no habrá más ridiculeces, ni actos grotescos, ni sorpresitas, ¿no será eso lo que presuntamente tiene enardecidos a algunos?, no pudieron hacer el show.
La posesión debe ser un acto que nos devuelva la alegría de una nación ordenada, culta, respetuosa de las costumbres y tradiciones. Ya no basta solo el acto en el Congreso, la gente quiere tarima, concierto, trasmisión, orden; y que las regiones se preparen para la acción que viene. El don de mando y la aplicación de la autoridad y la gerencia pública plena, al servicio de todos. El problema no es de voluntad, es de diseño y calidad. La posesión es un símbolo. Gobernar empieza el mismo 07 de agosto, a las 3:00 de la tarde, a resolver el berenjenal que nos dejan.




