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Margarita Cruz, la mujer que durante casi nueve décadas llevó las noticias a los hogares bugueños y que hoy necesita tiempo para volver a levantarse

A sus 97 años, Margarita María Cruz Escobar, sigue aferrada a la independencia que ha marcado toda su existencia. Una caída la obligó, por primera vez en muchos años, a detenerse. Mientras se recupera, extraña las calles, la bicicleta que fue su compañera inseparable y el trabajo que durante toda una vida le permitió salir adelante sin depender de nadie.

Hay personas que terminan convirtiéndose en parte del paisaje de una ciudad. No porque ocupen grandes cargos o aparezcan en los titulares, sino porque su presencia cotidiana hace que todos la reconozcan. Así es Margarita María Cruz Escobar.

En Buga, generaciones enteras la recuerdan recorriendo las calles sobre una vieja bicicleta. Una cuadra la pedaleaba y la siguiente la caminaba sosteniéndola de la mano, mientras en la canastilla transportaba entre ochenta y cien periódicos que, puntualmente, llegaban a las casas de sus suscriptores.

Hoy esa imagen permanece en la memoria de miles de bugueños

Sin embargo, desde hace algunos días, Margarita no ha podido salir a trabajar.

Todo comenzó cuando decidió hacer un mandado. Como siempre, quiso hacerlo sola, sin pedir ayuda. Pero un descuido terminó en una aparatosa caída que alarmó a quienes presenciaron el accidente.

Muchos corrieron a auxiliarla.

Quienes la conocen pensaron lo peor. La violencia del golpe hacía temer lesiones de gravedad. Afortunadamente, la suerte estuvo de su lado y todo quedó en golpes y raspaduras que poco a poco cicatrizan.

Lo que más le duele no son las heridas.

Lo que realmente la inquieta es no poder trabajar.

Porque trabajar ha sido la historia de toda su vida.

Una infancia sin descanso

Margarita asegura que comenzó a trabajar cuando apenas tenía ocho años.

Desde entonces aprendió que cada día había que salir a buscar el sustento con esfuerzo y dignidad.

Recuerda con gratitud a muchas familias tradicionales de Guadalajara de Buga que, durante su niñez y juventud, le tendieron la mano cuando más lo necesitó. Nombres que todavía hacen parte de la historia de la ciudad y que nunca olvidará porque, gracias a ellos, muchas veces pudo llevar alimento a su mesa.

Pero también aprendió algo que jamás abandonó: vivir de su propio trabajo.

Quizá por eso hoy le cuesta aceptar cualquier ayuda.

Cuando se le pregunta si necesita el apoyo de la comunidad, responde que no.

Es una respuesta nacida del orgullo de quien ha construido su vida dependiendo únicamente de sus propias fuerzas.

Aunque la realidad es distinta.

Mientras se recupera de la caída y no puede salir a trabajar, son algunos comerciantes, tenderos y propietarios de restaurantes quienes, discretamente, le ayudan con un plato de comida o con algo para pasar el día.

Son gestos silenciosos que hablan del cariño que Buga, siente por una mujer que durante décadas hizo parte de la rutina de la ciudad.

La mensajera de las noticias

Corría el año 1976, cuando Margarita, comenzó una labor que terminaría convirtiéndola en un personaje inolvidable.

Desde muy temprano salía a repartir periódicos.

Recorría buena parte de Buga, llevando El Caleño, el diario que, según recuerda entre sonrisas, era el más solicitado por aquellos años.

También distribuía El Siglo, El Tiempo, El Espectador, El Pueblo y El País.

Conoce de memoria cómo fueron desapareciendo unos y cómo otros fueron perdiendo suscriptores.

“Los cancelaban porque les subían el precio”, recuerda con la naturalidad de quien fue testigo de la transformación de la prensa escrita.

Solo hubo un lugar al que nunca llevó periódicos: El barrio Alto Bonito, no porque no quisiera, simplemente estaba convencida de que su bicicleta nunca lograría subir hasta allá.

Medio siglo vistiendo de naranja

Pero si hay una institución que ocupa un lugar especial en su corazón, esa es la Defensa Civil. Habla de ella como si fuera una segunda familia.  Lleva cerca de cincuenta años vinculada al organismo de socorro y todavía conserva con orgullo el uniforme naranja.  Entre risas recuerda que siempre tenía que mandarlo arreglar porque los que le entregaban eran demasiado grandes para su pequeña estatura.

Y cuando se le pregunta si aún pertenece a la institución, responde con una frase que resume toda una vida de servicio: —”Sí… todavía no me han sacado.”  Después sonríe.

Agradece a todos los comandantes que pasaron por la Defensa Civil y asegura que, aunque los años pesan, sigue lista para servir cuando la necesiten.

Entre los recuerdos que jamás podrá borrar aparece uno especialmente doloroso: el accidente del avión de American Airlines, una de las tragedias más grandes que ha vivido el Valle del Cauca, marcó profundamente su existencia mientras apoyaba las labores humanitarias junto a la institución.

Una vida sencilla

Nunca se casó.

Nunca tuvo hijos.

Y explica su decisión con una lógica tan sencilla como contundente: ¿Cómo traer un hijo al mundo sin tener cómo sostenerlo?

Para ella era una responsabilidad demasiado grande como para asumirla sin garantías.

Prefirió trabajar.

Salir adelante.

Construir una vida honesta.

Hoy continúa viviendo sola.

Hace el aseo de su casa, organiza sus cosas y, cuando la salud se lo permite, prepara la comida que más disfruta: los platos típicos del Valle del Cauca.

Dice que casi nunca se enfermó.  Solo había una enfermedad que realmente le producía temor: la gripe.

La misma Margarita de siempre

Los años han dejado huellas inevitables.

La bicicleta permanece quieta.

Las heridas de la reciente caída todavía le recuerdan que el cuerpo ya no responde con la misma fortaleza.  Pero hay algo que no ha cambiado: su carácter, su independencia, Su deseo de seguir siendo útil.

En una época en la que muchas personas esperan llegar a la vejez dependiendo de otros, Margarita, continúa luchando por mantenerse en pie, convencida de que todavía puede valerse por sí misma.

Buga, la recuerda repartiendo periódicos, saludando a todos con una sonrisa y recorriendo sus calles bajo el sol o la lluvia.

Hoy es la ciudad la que espera verla nuevamente recuperada.

Porque para varias generaciones de bugueños, Margarita Cruz, no fue solamente la mujer de la bicicleta.

Fue la mensajera de las noticias.

Y sigue siendo un ejemplo silencioso de trabajo, dignidad y servicio.

Margarita María Cruz Escobar, a sus 97 años, continúa siendo un símbolo de trabajo y perseverancia para varias generaciones de bugueños, aunque hoy una caída la mantiene temporalmente alejada de las calles que recorrió durante décadas.

Con una bicicleta y una canastilla cargada de periódicos, Margarita distribuyó durante décadas las principales publicaciones nacionales y regionales, convirtiéndose en uno de los personajes más queridos y recordados de Guadalajara de Buga.

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